Para la mayoría de los padres, tener un hijo es una de las mayores alegrías de la vida, de antemano sabemos la responsabilidad que esto conlleva, así también como sacrificio, deber y, ponerlos a ellos por encima de todo. Ya nuestra vida se fundamenta en “Darles todo lo que nunca tuvimos” Trabajamos más horas, dejamos de lado las fiestas, ya no pensamos en nosotros y dedicamos todo nuestro amor y dinero para ellos y su bienestar, vivimos por ellos y para ellos.
Nos preocupamos por que
tengan, el mejor colegio, la mejor ropa, la habitación más cómoda y mejor
decorada.
Todas las madres buscamos el
bienestar de nuestros hijos, o al menos así lo hacemos quienes deseamos tener
una relación sana con ellos. Sin embargo, como en toda relación humana, ambas
partes deben aportar su cincuenta por ciento para que las cosas funcionen.
A veces los hijos son muy
desagradecidos con sus padres, incluso en su etapa adulta, cuando se esperaría
de ellos una mayor capacidad de apreciar lo que sus padres hicieron para ellos.
Bien es cierto que hay padres que no han sido ejemplares, pero incluso los
mejores padres, los que más han sacrificado por sus hijos, los que más han
luchado por darles oportunidades que ellos mismos no tuvieron.
Para una madre que ha sacrificado
mucho de su propia vida, que ha dado buen ejemplo a sus hijos, incluso llegando
a dejar de lado sus propias vidas para dar paso a la de sus hijos, los hijos
ingratos le son doblemente dolorosos. Es doloroso tener hijos desagradecidos.
A medida que pasa el tiempo,
nuestros hijos comienzan a vernos como una amenaza a la afirmación de su propia
personalidad, como una competidora en el ámbito social e, incluso, a la hora de
conseguir pareja, y empiezan a pensar que nuestra forma de pensar es anticuada
y obsoleta. Pasarán muchos años para que nuestros hijos reconozcan nuestro
valor nuevamente.
Sin embargo, hay hijos que son
especialmente ingratos y lo demuestran cuando pasan la adolescencia o luego de
su divorcio viven con nosotros nuevamente: suelen creer que son los dueños de
nuestra casa, de nuestros horarios y de nuestras decisiones.
Duele enormemente que esas
alas que desarrollaron, en parte gracias a ti, puedan llevar a los hijos tan
lejos que ni se asomen a preguntar cómo estás, y que cuando lo preguntan sea
sin interés real sino simplemente por cordialidad con la madre. Como madre,
resulta duro descubrir que tu hija te dejó de lado, que pasa todo su tiempo con
sus nuevas amistades y ni un fin de semana al mes pueda dedicarte. Duele ver
que ahora, personas que ni conoces, son las que están para recoger las lágrimas
de tu hijo; que son ellos quienes la arropan cuando el mundo se viene abajo. Y
que no sólo ya no acuda a ti para buscar cobijo en estos momentos, sino que
tampoco está para ti cuando las cosas te van mal.
Sufrir ingratitud es algo muy
doloroso:
La ingratitud supone mucho
dolor para cualquier persona, sobre todo si viene de un hijo. A una madre
cualquier palabra que se diga afectará su corazón. Toda madre se hace ilusiones
de futuro con sus hijos al estilo de: “Cuando mi hija sea grande… podré hablar
con ella, seremos amigas y nos podremos contarnos nuestras cosas”. Esperando
que así sea, se le da todo, hasta que llega a ser una gran profesional. Las
madres siempre están dispuestas a sacrificarlo todo por sus hijas, y a veces la
vida así lo requiere. Hay madres que lo han dado todo por sus hijos e hijas,
que no se han guardado nada y han dado de sí por ellos. Muchas veces trabajando
de más, sacrificando comodidad e incluso llegando a sacrificar sueños por ver a
sus hijos con algo mejor, con un futuro mejor, o por la sonrisa de un hijo un
día cualquiera. A los padres que han hecho todo esto y más por sus hijos, la
vida muchas veces les depara sorpresas desagradables: hijos e hijas que no les
toman en consideración una vez llegan a independizarse.
Duele descubrir que, por
darles tanto amor, ya no saben valorarlo:
Observando experiencias así
saco la conclusión de que siempre es malo darlo todo y sin medida. No se les
puede estar dando todo a los hijos cuando éstos lo quieran, los padres no
debieran darles a los hijos todo cuanto piden y en el momento que lo piden. Hay
que enseñarles a valorar las cosas, a valorar el sacrificio que por ellos se
hace, a valorar cada cosa que se les da. Los hijos deben de comprender, desde
cuanto más jóvenes mejor, que la vida no es de color rosa y que todo cuesta,
todo tiene un precio, todo se logra con el sudor de una frente (si no es la de
ellos, es con el sudor de la frente de los padres). Hay que enseñar a los hijos
a ser buenos hijos, no sólo preocuparnos porque tengan estudios y acceso a la
universidad. En el hogar también deben recibir educación, es una educación
diferente pero igualmente importante.
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